Cavilaciones sobre don Quijote

Reflexiones, desde el punto de vista de un historiador de la comunicación, sobre el mundo del Quijote y Cervantes.

Tuesday, January 18, 2005

Don Quijote y la coronación de Bush

¿Se puede hablar de decadencia americana en 2005?
Probablemente, en el 2105 sí se podrá hablar de decadencia americana y quizás una novela emblemática sea el crisol y reflejo de ese ocaso que, naturalmente, no vemos nosotros por ninguna parte.
El ominipresente imperio tiene apocalípticos atacantes que hablan de su fin – y de todo el de occidente de paso -, por hoy por hoy no se les presta mucha atención.
El idioma inglés – pero, fundamentalmente americano -, la moneda norteamericana – el dólar que tiene a Dios en su redactado -, la cultura entendida en el sentido de lo que se lee, se ve y se escucha – donde los productos norteamericanos desbordan los pequeños porcentajes locales -, la presencia militar permanente o utilizada como amenaza constante...
En la corte de la metrópoli, un lider que se cree con el deber de intervenir en todos los asuntos mundiales y con la conciencia de ejercer una función que le ordena la divinidad.
Cambiando los términos, la situación del imperio español en 1605 era la misma para un europeo y, aun, más monstruosamente presente en ciertos campos como la reforma católica.
¿Hay decadencia?
Hay razones para pensarlo, sobre todo después de la derrota no declarada en Irak.
El desequilibrio entre la fuerza militar disuasoria y la capacidad de la red de comunicaciones está a punto de romper la baraja (es decir, la capacidad de alimentar esa fuerza militar que por razón de la lógica imperial termina siendo la de ‘uno contra todos’).
Es decir, a posteriori, los historiadores podrán unir las ideas arbitristas de Soros, el fundamentalismo islámico, el euro y una novela emblemática para decirnos que el imperio estaba en decadencia.
Pero, en 2005, si esta tarde vamos al cine, y vemos el aviador al que celebraremos oscarizado dentro de unos días, no creo que tengamos una exacta conciencia de que estamos contemplando un imperio en periodo de acoso y derribo.



Monday, January 17, 2005

El 98 tuvo la culpa

El centenario de 1905 – el anterior – sobrevino en un momento delicado de reflexión nacional y nacionalista.
Es cierto que el gobierno de la regencia borbónica había embarcado al país en una guerra imposible de ganar pero no lo hubiera podido hacer sin una ‘opinión pública’ patriotera y miope.
La derrota, la catástrofe casi entendida como un fenómeno metereológico o divino, trajo un ‘dolerse’ que se ha mitificado como reflexión sobre el ser de España y su decadencia cuando fue en su mayor parte una producción de antitoxinas de consecuencias terribles para la posteridad.
Dentro de ese rumiar, ese fluido de cavilaciones y especulaciones, se insertó el Quijote. Y pobre, le sucedieron cosas al personaje peores que los manteos de la venta.
El caballero había quedado relegado en la reflexión de la burguesía del siglo XIX a un ejemplo de la decadencia española en la época de los Austrias – siguiendo lo que Europa, sobre todo la anglosajona, había determinado como ‘ser español’ en el siglo XVIII –
De pronto, como por encantamiento del mago “Merlino”, nuestro caballero se convierte de un símbolo de la decadencia en un pensador de la misma, en un clarividente que delibera sobre una España que no se encuentra a sí misma (¡qué horror, eso de tener que buscarse!).
De Ramiro de Maeztu a Unamuno, de Ganivet a Ortega, de Costa y Altamira a Azorín, las modulaciones son ricas y variadas en el coro de los grillos.
Las iremos diseccionando pero, la madre del cordero, está ahí.
El regeneracionismo – que implica un cuerpo y para más, enfermo – y el 98, se considere heredero o coetáneo, crítico o compañero de viaje, han cambiado a don Quijote.
Liberémoslo de la cueva de Montesinos.

Sunday, January 16, 2005

Fausto se enfrenta a don Quijote

Mi profesor de Formación del Espíritu Nacional era un apasionado de Ramiro de Maeztu, el gran arquitecto de una España que no fue por la cicatería de los ‘caciques’ – él consideraba esto muy progresista – y de los que formaban la antiespaña –estos parece que siguen siendo los mismos para algunos.
-. Es falso que exista un solo y único tipo hispano. Tres grandes prototipos humanos hemos dado al mundo, decía mi profesor, tres tan importantes como Don Juan el pecador, Celestina que representa a todas las mujeres (se reía para sí mismo como si nosotros no lo entendiéramos) y Quijano el soñador, e incluso yo añadiría uno más, Sancho que representa al pueblo llano y claro. ¿Qué han dado los demás? Sólo Hamlet y Fausto, dos pobres tipos llenos de dudas.
Años después, vi que se trataba del libro “El Quijote o el amor”, de Ramiro de Maeztu, con su artículo “Don Quijote, Don Juan y la Celestina” unidos al ser de la hispanidad y confrontados a Hamlet y Fausto.
Hablando el otro día con el profesor José Manuel Jarque - está escribiendo un artículo sobre el mito de Fausto -, me acordé de todas estas comparaciones y confrontaciones. Le recomendé la cita añorante del imperio.
Ramiro de Maeztu escribía como un periodista de principios del siglo XX, es decir, adecuadamente pero con ampulosidad mesetaria que se creía heredera de una prosa imperial a veces meditada pero que suena en muchos casos tan carrinclona como los malos actores de teatro cuando interpretan clásico y que debía ser puesta por ejemplo en el dardo agudo de Grijelmo para ejemplo de periodistas en curso.
Y de Fausto el alemán pasaba a Hamlet, ejemplo nadie sabe como del espíritu británico. Vean un ejemplo de su reflexión:
“La obra sespiriana concentra las energías y las dispone a la acción; la novela cervantina distiende los resortes de nuestra fuerza y nos inclina al reposo. Y así Hamlet, al obrar sobre el público, produce Quijotes, mientras Don Quijote provoca en los espíritus la actitud analítica de Hamlet. Cuando se representó el drama predicador de la impaciencia y de la acción, Inglaterra apenas si existía como fermento de un pueblo futuro. Cuando se publicó la novela alabadora del reposo, España dominaba sobre el mayor imperio de la tierra. El Hamlet es la tragedia de Inglaterra; el Quijote es el libro clásico de España. En torno a las dos obras se ha venido cristalizando el alma de los dos pueblos. Inglaterra ha conquistado un imperio; España ha perdido el suyo”.
A mí, de todas maneras me recuerda muchas de las extrapolaciones del centenario. ¿No tendrá la culpa otro centenario de todos estos males? ¿El de 1905?

Saturday, January 15, 2005

Gracias que están los gabachos

El hispanismo francés es una constante firme y productiva desde finales del siglo XVI a la actualidad.
Beligerante cuando el imperialismo español estaba – o era considerado – opresivo con los ejércitos de Felipe II en París para colocar una infanta en el trono francés; envidioso e imitador en los cincuenta años del apogeo cultural castellano; condescendiente en el momento de la unión dinástica – el peor siglo es el XVIII en este sentido y comienza con Madame D’Aulnoy; inventivo durante el romanticismo – donde una típica parisina se convierte en la Carmen de Merimée – a mí me recuerda aquella copla de “yo soy la Carmen de España y no la de Merimée -; investigador desde la creación de la Casa de Velázquez en Madrid – tesis de Niño que lo disecciona diplomáticamente “Cultura y diplomacia. Los hispanistas franceses y España. 1875-1931” -; salvador durante el periodo franquista – el único aire fresco que se respiraba venía de los hispanistas franceses ahora acompañados de las primeras generaciones anglosajonas de las que volveremos a hablar -; envejecido en los primeros años de la transición – entonces era una joya la presencia de Bernard Vincent – cuando los jóvenes modernistas franceses abandonan el castellano para sumergirse en el inglés y decir bastantes tonterías sobre el periodo, también volveremos sobre ello -; renovado en los años noventa con una nueva generación...
Esta posición actual está muy bien representada en el libro, modesto y terrible, de Jean-Frédéric Schaub, “La Francia Española: las raíces hispanas del absolutismo francés”, en primer lugar destinado al panorama francés para recordar evidencias que se olvidan en una historiografía que durante años se ha centrado ombliguistamente en la corte de Luis XIV, las ceremonias en la corte de Luis XIV, el matrimonio de Luis XIV – a veces, me pregunto ¿con quién? Ya que en ciertos libros no lo dicen – y , aun más ombliculares, los orígenes de la corte de Luis XIV en el propio fluir del subterráneo volkgeist nacional.
Schaub recuerda a los compañeros franceses, de forma indirecta y sin agarrarse al cuello de nadie, que Francia se miraba en España por pura lógica a principios del siglo XVII. Y la mayoría de las veces de manera agresiva al mismo tiempo que inmensamente creativa.
Necesario para los historiadores franceses (que desafortunadamente no leen estas cosas si no son hispanistas).
Pero, los hispanos también tienen mucho que aprender de este trabajo.
Es necesario este cambio de óptica – que Schaub también destaca en su artículo “la monarquía hispana en el sistema europeo de estados” (dentro de la selección de artículos de Ferós-Gelabert) – y que el gurú Chartier remacha en su contribución “la Europa castellana en tiempos del Quijote” dentro de la misma selección.
Cuando se leen los artículos de ocasión realizados estos días – en acumulaciones llenas de genialidades y despropósitos como la organizada por el Mundo cultural -, nos vemos en el despeñadero de los tópicos de la decadencia y de los arquetipos del españolito – sea en versión Sánchez Albornoz o Américo Castro.
Y se comprueba que sigue siendo necesaria la polémica, la discusión y escribir sobre el Quijote y el tiempo de Cervantes.
Afortunadamente, siguen estando los gabachos.

Friday, January 14, 2005

Homenaje al profesor Francisco Rico y al escritor Juan Goytisolo

Con el profesor Francisco Rico me pasa como con el escritor Juan Goytisolo. En ambos casos, hay dos personas diferenciadas; la que me encuentro por las calles de la ciudad en que vivo/vivía – sea París o Sant Cugat – y la persona que, al leer sus libros, comento y con la que discuto en silencio.
Con Juan goytisolo me encontraba hacia finales de los años ochenta del pasado siglo en el camino hacia mi casa desde la Biblioteca Nacional. Yo vivía en la rue Paradis (ahora famosa gracias al señor Ibrahim) y el en la cercana rue Poissonneière. Nos separaban los bulevares.
Juan se encaminaba ciertas tardes hacia sus clases de turco (y los turcos se extendían entre faubourg Sain Antoine y mi calle. El aprendía el idioma en casa de unos albaneses que aun conservaban las obras completas de Enver Hoxa. Nos encaminábamos por el faubourg. Y allí, un día, hablamos de ‘duelos y quebrantos’ de ‘Ricote’, de Benenjeli, del inefable Márquez Villanueva (una tarde en la que dijimos muy pocas cosas más).
En esa calle, me señalaba el cerdo que acompañaba la figura del santo en la hornacina de la entrada. “Ese es el único cerdo cristiano de esta calle”, frase que repitió tomando un te en uno de los cafetuchos del lugar cuando lo reuní con el profesor Miquel Barceló – después de años y en una especie de reconciliación sin pelea bastante extraña, y fugaz por cierto.
Miquel Barceló había dirigido mi tesina y yo había logrado – maravillas del dinero de la universidad francesa que no te concede la española – pagarle en agradecimiento un viaje para integrar, junto con Juan Goytisolo, el tribunal de mi tesis doctoral sobre racismo y xenofobia en el caso de los moriscos españoles.
“¿El único cerdo cristiano de la calle?”, Barceló admitió con la cabeza al chiste – pero nos miró a nosotros dos (probablemente, no se consideraba ‘un puerco cristiano’ tampoco, es una posibilidad)
Y, exceptuando la contingencia de que uno de los tres contertulios lo fuéramos, era verdad que no había más gorrino cristiano en la calle si se fijaba uno en el multiétnico ambiente.
En aquella época tuve en mi apartamento durante meses gran parte de su archivo personal – y el piso tenía unos escasos 40 metros cuadrados con lo que mi mujer y yo vivíamos intensamente rodeados de la obra de Juan Goytisolo – hasta que Gaby se dignó a recoger el tesoro y encaminarlo hacia Almería (donde, por cierto, lo trataron de pena en la época gubernamental de ese personaje que tenía de intelectual el apellido).
Juan Goytisolo estuvo en el tribunal de mi tesis, a Francisco Rico no pude pedirle que ejerciera la misma función en la segunda (no podía superarse el número tres de miembros de la universidad).
En el tribunal de París estuvo el profesor Jean Cannavaggio, biógrafo de Cervantes y en el tribunal de Barcelona estuvo el profesor Guillermo Serés, codirector de la nueva edición Rico del Quijote. De ambos hablaré en próximos capítulos.
He releído con avidez la nueva edición del Quijote y el profesor Rico ha provocado que, en realidad, la haya leído por los bajos (que, a veces son inmensos como enaguas de puesta de largo y que muchas veces desmentían cruda y meridianamente lo que yo había pensado ¡Qué difícil es poner de acuerdo al coro de grillos cervantistas!).
Con el profesor Francisco Rico seguiré conversando (monologando) en estás páginas.



Tuesday, January 11, 2005

En torno a hemorroides y almorranas

Cada palabra es un mundo. Con sus relaciones, sus luchas, y sus múltiples matices. Aunque sin biologizar ni sublimar la cosa ya que hablar de un espíritu general de la lengua nos puede llevar a un peligroso Volkgeist.
Dice Alex Grijelmo, autor del ‘El genio del idioma’ – donde lo atractivo y lo peligroso del tema se unen ‘genialmente - que “el idioma siempre crece de abajo hacia arriba” (Periódico de Catalunya, 11-1-05) y que los anglicismos son impuestos desde ese ‘arriba’ (el del poder mediático, supongo).
La lengua es democrática, el lenguaje es una imposición de las élites. Las palabras van por libre.
Ni don Quijote ni Sancho representan dos grupos sociales sino que son la recreación de Cervantes sobre esos dos grupos. En el siglo de la normalización del castellano – nada democrática, por supuesto -, se comienza a fabular un lenguaje popular que dará al origen al costumbrismo y Cervantes afina la pluma en esa dirección.
La guerra de las palabras llevará a una ‘limpieza’ de los arabismos ya decretada por Nebrija y que reduce exitosamente en porcentaje de intromisiones sustituyendo los términos con neologismos clásico greco-latinos (de arriba hacia abajo).
http://www.maderuelo.com/historia_y_arte/arabismos.html
No hay piedad en esta guerra.
Las palabras van cayendo una tras otra, aunque la resistencia de algunas es memorable. Todavía he visto a un médico callar a una anciana que utilizaba ‘almorrana’, qué vulgar, en vez del culto ‘hemorroides’.
Cobarruvias (1611) ya señala las cuatro almorranas de Nebrija que introducen el término sustitutivo, ‘hemorrhois’, según tengan sangre, no la tengan, sean con resquebrajaduras o de sodomitas.
El diccionario de autoridades la condena definitivamente señalando la frontera del lenguaje de los ‘anatomistas’ que hablan de hemorroides.
La palabra tiene su gracia porque fue utilizada contra los judíos – los cuales estaban condenados a sufrir de almorranas, sangrientas, como castigo divino a sus pecados porque los penaba a sufrir un flujo femenino no periódico sino continuo (de la identificación de judíos y mujeres ya hablaremos en otro momento).
Al morir don Juan de Austria tras una desafortunada intervención quirúrgica en sus almorranas, se decidió oficialmente ocultar la causa de una muerte que sonaba a judía. El caso – al envolver en tanto misterio una cosa tan prosaica - se volvió contra el monarca Felipe II al que se acusó de la muerte de su hermano por razones de estado.
Sea una degradación bajolatina o arabización, la palabra comenzará a ser perseguida por sus connotaciones.
Es un ejemplo de tantos.
La llamada entonces ‘purificación’ del lenguaje, después ‘limpieza’, ambos términos un poco terribles, muestran una directiva clara. La utilización de las palabras no es inocente. Ni la presencia de un término ni su ausencia.

Saturday, January 08, 2005

Decadencia, ¿qué decadencia? Crisis, ¡Qué crisis!

El problema eterno de la eterna decadencia española coarta la mayoría de las reflexiones tanto sobre la figura de don Quijote como sobre la España de Cervantes.
La mitad de los autores que reflexionan sobre la decadencia e independientemente de los magníficos o nulos datos que aporten, parecen sufrir un particular dolor de tripas – él me duele España de un famoso autor –
Trataremos la decadencia para ver que no existía en absoluto y estudiaremos la crisis para ver que Cervantes se encontraba en una sociedad en crisis – como casi todas las sociedades.
Pero, en este caso, una gran crisis porque era la de una estructura imperial que se tambaleaba por grande y por mal gestionada.
Lo que hay que quitarse de la cabeza es que este invento reciente y frágil – esa especie de monstruo que asustaba a la Europa del momento – fuera una esencia eterna cuando no tenía ni cien años en la época de Cervantes.
El imperio español fue un invento joven, dinámico y efímero, fruto de la casualidad conjuntada de una serie de cópulas dinásticas por toda Europa y un descubrimiento atlántico.
En el momento en que Cervantes lo contemplaba – ya discutiremos sobre si se lo creía – estaba en el final de una crisis de crecimiento que explotaría en 1635. Todavía no, no nos adelantemos a los acontecimientos.

Friday, January 07, 2005

Si Cervantes y Lope hubieran sido universitarios

Miguel de Cervantes tuvo un efímero paso por la universidad tan desconocido como todo lo que respecta a su biografía – maravillosa coincidencia con Sespir – y Lope si te he visto no me acuerdo.
Sin embargo, cuando se vive en los ambientes universitarios, se asiste a congresos, simposios, reuniones preparatorias de simposios, conspiraciones de simposios, preparaciones de listas de incluidos y excluidos de los simposios... vienen al recuerdo las dramáticas figuras de estos dos personajes tan diferentes, tan enfrentados y de tan catastrófico final.
Dos estrategias no muy diferentes aunque con variantes para escalar en el grupillo de letrados y situarse cómodamente en las redes intelectuales de la España imperial. Dos vidas dedicadas a conseguirlo y dos estrepitosas frustraciones.
Falta una tesis sobre la falta de dinero constante de los intelectuales españoles durante siglos – algo tan prosaico como invariable en las biografías y que se esconde púdicamente o se considera, no sé por qué, como un incentivo para realizar una magnífica obra literaria.
En ambos casos, Lope y Cervantes, contaban además con el pecado, algo que no se perdona en los círculos académicos españoles – ni en el siglo XVII ni ahora -, ser famosos y producir una obra apreciada por el público.
Esta circunstancia hasta casi la actualidad no implicaba una estabilidad económica – y ahora que por fin se ha conseguido, sólo desata más histéricamente la envidia de los círculos académicos.
La universidad – el grupo de letrados – premia la nulidad y si es posible la inutilidad manifiesta. Triunfan los que se dan cuenta de cuales son las reglas del juego – muy parecidas a las expuestas por la economista Corinne Maier en su libro ‘Bon dia, mandra’ (buenos días, pereza) – donde lo importante es hacer carrera sin dejarse notar y hundir las carreras ajenas en silencio.
Las estrategias de Lope y Cervantes fueron desesperadas y, a veces esperpénticas. Iremos analizando los pasos de cada uno: desde las cartas de Lope – que sólo se utilizan para comprobar la inquina que le tenía al manco pero donde se muestra un personaje muchas veces celestinesco al servicio de las braguetas del duque de Sessa antes de convertirse en sacerdote – innoble y escandaloso – como fórmula para poder sobrevivir en el día a día.
Y, en el otro extremo, su enemigo Cervantes entre el desespero del mutilado de guerra y el intento de quedar bien con casi todos en el Parnaso, lo que no impidió el veto de los Argensola a su contrato con la comitiva del conde de Lemos.
Ni jugar a ser consejero privado ni lucir heridas de guerra sirvió a ninguno de los dos. Y la fama acentuó el desastre. Lograron que todos los esfuerzos de los colegas fueran destinados a hundirlos. ¡Cómo recuerda la universidad!

Thursday, January 06, 2005

Duelos y quebrantos

El lío comienza con la dieta de don Quijote, que Cervantes nos explica nada más empezar el libro:
“Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lantejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda”.
“Vaca y carnero, olla de caballero” decía el refranero. Cervantes matiza que en la mesa de don Quijote había más vaca que carnero, probablemente porque en la época era más barata. Los palominos (casa señorial debe tener palomar) eran también constitutivos de casta.
¿Y los duelos y quebrantos?
Sobre la dieta de don Quijote http://www.mundorecetas.com/eltema/91.htm
Y, dentro de ella, sobre Duelos y quebrantos, el artículo del escritor Juan Goytisolo:
http://www.cnice.mecd.es/tematicas/juangoytisolo/1998_08/1998_08_duelos.html
Nos dice Goytisolo que “comenta Francisco Rico: "Los duelos y quebrantos eran un plato que no rompía la abstinencia de carnes selectas que en el reino de Castilla se observaba los sábados, podría tratarse de "huevos con tocino". Desde la edición del Quijote de Rodríguez Marín de 1928, sabíamos en efecto que Cervantes aludía a "huevos con torreznos". En Cervantes y Los casticismos españoles (Madrid, 1966), Américo Castro con muy fino olfato, observaba: "Lo que no se sabía era el motivo de tan extraña expresión, que no describe lo que ese plato sea, sino que expresa la desestima que tenía por él quien tuvo la ocurrencia de llamarlo así" para concluir unas líneas después que "desde el punto de vista cristiano nuevo, comer tocino era motivo de "duelos y quebrantos". Mas si nuestro historiador no andaba errado, el origen de la transferencia semántica permanecía envuelto en la bruma.
Y Goytisolo nos aclara la línea fronteriza que señalan los duelos y quebrantos recorriendo al cancionero donde queda explicado aparentemente de una forma sibilina la relación de los conversos con el plato.
“En una reciente cala en el Cancionero de obras provocantes a risa, topé – nos dice Goytisolo - con las deliciosas coplas del judeo-converso Antón de Montoro, más conocido por su apodo el Ropero (1404-1480)—un bardo muy popular en su tiempo, célebre par sus polémicas con otros poetas conversos—, que reproduzco a continuación: Sola del Ropero al corregidor de Córdova, porque no falló en la carnecería sino tocino, y ovo de mercar de él: "Uno de Los verdaderos / del señor rey fuerte muro / han dada en los carniceros / causa de me hazer perjuro: / no hallando por mis duelos /con qué mi hambre matar, / hanme hecho quebrantar/ la jura de mis abuelos".
Pero, el profesor Francisco Rico no se decide finalmente (por lo menos, a la altura de la edición para el centenario 2005) sobre este asunto.
Y como dice Santiago Maspoch, “si Pacorrico (sic) no lo sabe es que no lo sabe nadie”. http://lists.albura.net/efe.es/apuntes-kpn/2001-03/0382.html
«Los duelos y quebrantos eran un plato que no rompía las abstinencia de carnes selectas que en el reino de Castilla se observaba los sábados; podría tratarse de huevos con tocino.» b) otra nota de Pacorrico a la que remite desde la antedicha edición y referida a su edición del Lazarillo en Cátedra: al comentar el pasaje «los sábados cómense en esta tierra cabezas de carnero» (II) dice: en Castilla ese día era costumbre comer «cabezas o pescuezos de los animales o aves, las asaduras, las tripas y pies y el gordo del tocino, excepto los perniles y jamones» [...] Quizá eran esos los «duelos y quebrantos» que don Quijote comía los sábados. Total, que si Pacorrico para explicarlo se expresa con podría tratarse o quizá, el resultado es que no lo sabe.
El artículo completo del profesor Maspoch en
http://www.h-net.msu.edu/~cervantes/csa/artics95/maspoch.pdf
Pero, ¿cuál es el problema?
Los huevos son un plato de duelo judío – se servían y se han continuado sirviendo en los entierros -. El tocino ‘quebrantaba’ la ley, Aclaración técnica muy adecuada a la trasgresión por incumplimiento de la imposición dietética.
Así que ‘duelos y quebrantos’, huevos judíos y chorizo cristiano, bailan adecuadamente.


Wednesday, January 05, 2005

Bacías de barbero y encuestas de opinión

Don Quijote no ve el recipiente metálico que se colocaba bajo la barba del cliente, confunde la vasija del barbero con una celada o yelmo de un caballero.
El brillo del objeto metálico al sol le hace descubrir ‘el yelmo de Mambrino’ y la bacía desaparece por encantamiento.
Sólo es cuestión de invertir la realidad.
El barbero se ha colocado la bacía al revés para protegerse de la lluvia y ésta se ha trasformado en yelmo.
Don Quijote la reclama y lanza en mano la obtiene.
Arrebatada a su propietario el barbero, luce en la cabeza de don Quijote hasta el reencuentro de ambos en la venta.
Y, entonces, la historia da una vuelta al sentido de la realidad, al preguntar don Quijote a la asistencia si se trata de una bacía o un yelmo.
“No hay duda -respondió a esto don Fernando-, sino que el señor don Quijote ha dicho muy bien hoy que a nosotros toca la difinición deste caso; y, porque vaya con más fundamento, yo tomaré en secreto los votos destos señores, y de lo que resultare daré entera y clara noticia” (cap.XLV)
Milan Kundera, en la introducción a la edición inglesa del Quijote (artículo de Kundera traducido por primera vez en el Cultural), compara esta escena con un sondeo de opinión.
Señala Kundera que el primer sondeo de opinión en Francia se realizó en 1938 para determinar si los franceses eran favorables al pacto de Munich con Hitler y que el resultado fue afirmativo.
Y remata Kundera cruelmente: “Los lectores de Cervantes no se llaman a engaño: todas las votaciones, todos los sondeos de opinión tienen por modelo el clásico escrutinio de la venta cervantina”.
Quizás excesivo y un punto antidemocrático.
Pero, real, si los términos de la encuesta están mal planteados, si los términos planteados en oposición se sitúan entre las fantasmadas esquizoides (por muy don Quijote que sea) y la realidad. No se pueden ponen en dos platos igualados de la balanza.
Es el caso de muchas encuestas sobre emigración, emigrantes y ‘acogidas’ varias.
La creación de realidad – carácter performativo del discurso – a partir de la ficción, se completa.
Y la bacía se transforma en yelmo para algunos, para muchos.
Ante la pataleta de los menos, del barbero que se ve desposeído
Preguntar
- ¿Cree usted que es un problema la inmigración?
Es disputar sobre la bacía del barbero o el yelmo de Mambrino. La fantasía de la pregunta que transforma la realidad en ficción nos llevaría a preguntarnos:
- ¿Qué es un problema?
- ¿Existe la inmigración?
Pero, los que no creemos reales los términos de la pregunta nos quedamos en la pataleta del barbero mientras aumentan los que contestan afirmativamente – más cuanto más se les pregunta, porque la pregunta es una realidad bola de nieve que aumenta al descender por el talud.
Sociólogos, cuidado, o creáis el problema al preguntarlo.
Pero don Quijote nos contesta impertérrito:
“Eso que a ti te parece bacía de barbero, me parece a mí el yelmo de Mambrino, y a otro le parecerá otra cosa” (cap. xxv)


Tuesday, January 04, 2005

A vueltas con la berenjena

Qué se le ha perdido a cide Hemete benenjeli (el ‘berenjena’ aunque le fastidie a algunos cervantistas)
Sinceramente no sé porque le da tanta rabia al profesor Ludovik Osterc la etimología de Sancho que me parece muy correcta y no desmentida por Don Quijote.
(Yo, humildemente, no me atrevería a afirmar como él que “es palmario que Sancho representa en la novela al pueblo carente de cultura”).
http://hispanismo.cervantes.es/documentos/osterc.pdf

De berenjenas estamos hablando y ...
“Tres cosas me tienen preso /
de amores el corazón: /
la bella Inés,
el jamón /
y berenjenas con queso"
nos recita Baltasar de Alcázar (1530-1606)
Era una época en que se podía comentar aun una receta de origen musulmán como nos dice Caius Apicius http://www.mundorecetas.com/eltema/81.htm
Y Baltasar de Alcázar remata
“Alega Inés su belleza; / el jamón, que es de Aracena;/ el queso y berenjena / la española antigüedad"
El poema completo en tres cosas me tienen preso http://www.poesia-inter.net/bal201.htm

El Mediterráneo conoce esta mezcla pero el cristiano viejo español la persiguió aunque empleó más saña en la pasta fría de berenjena con tejine (pasta de sésamo) que ahora se ha reintroducido en la península gracias a los restaurantes libaneses.
En la península, durante este tiempo, comer este plato frío de Sábado podía tener como consecuencia caer en las garras de la inquisición.
Un vecino malicioso, un desliz y el placer de pasar el pan de pita por la pasta de berenjena salía caro al incauto gourmand judío.
Los árabes habían introducido la berenjena y ya contamos con excelentes platos en los recetarios cordobeses del califato. La berenjena se encontraba en todas las comidas y los musulmanes vencidos fueron identificados con el producto.
Llamarle Cide Hamete el berenjena no es tan extraño porque entre los apellidos de Tetuán de origen andalusí encontramos hoy familias que se llaman Berenjena.
Al norte, Galicia, País Vasco y Cantabria, no llegó el cultivo y aun es considerado un raro producto del sur.
Cuando los conquistadores descendieron de estos lugares, identificaron la dieta mediterránea con el Islam. Bastante normal.
El artículo de Teresa de Castro nos indica la guerra de las dos ollas (la cristiana y la morisca) destacando que sólo Ruperto de Nola (catalán) introduce un plato de la riquísima variedad de berenjenas cocinadas por los moriscos.
http://www.geocities.com/tdcastros/Historyserver/papers/Estrasbesp.htm
En los recetarios cristianos viejos, nos señala Samper (1998) que no se encuentra ninguna receta que pueda ser considerada morisca (ergo, prohibida la berenjena).
Teresa de Castro también nos indica que uno de los feroces ataques al filoislamismo del rey Enrique IV era su pasión por las frutas y verduras que, para INRI, comía a la morisca (es decir estirado tranquilamente – acuérdense del tricliniun romano - en vez de estar sentado en un incómodo sitial). http://www.geocities.com/tdcastros/Historyserver/Tes1/judiosym.htm

En la Lozana andaluza, la protagonista descubre que una recién llegada no es cristiana vieja por la forma de preparar un plato con berenjenas.
“No es de illis (cristiano vieja), es de nobis (conversa)”, afirma entusiasmada después de su investigación gastronómica.
A los almuerzos con mucho bullicio se les llamaron “berenjenales” en un proceso parecido de xenofobia al que sufrió la palabra algarabía
Esta manía de los musulmanes vencidos por la verdura provoca histerias tan significativas como la del clérigo Pedro Aznar Cardona:
“Porque son muchos y buenos los lugares que ellos poseían y no los cultivaban casi para cosa de sustancia, ni plantaban sino de higueras, cerezas, ciruelos, duraznos y parras para pasas, y cosas de hortalizas, melones y pepinos, dejadas en olvido las viñas importantes, los olivares fructíferos, y la cultura de los recios campos, y el criar rebaños de animales, yeguas, vacas, carneros, puercos, y los demás empleos y tratos gananciosos que son las madres de los gruesos réditos en las republicas" (Pedro Aznar Cardona, Expulsión Justificada de los moriscos españoles, Huesca, 1612, II, folio 65) http://www.materialesdehistoria.org/asco.htm
"Comían cosas viles (que hasta en esto han padecido en esta vida por juicio del cielo), como son fresas de diversas harinas de legumbres, lentejas, panizo, habas, mijo, y pan de lo mismo. Con este pan, los que podían juntaban pasas, higos, miel, arrope, leches, y frutas a su tiempo como son melones, aunque fuesen verdes y no mayores que el puño, pepinos, duraznos y otras cualesquiera por muy mal sazonados que estuviesen, solo fuese fruta, tras lo cual bebían los aires y no dejaban barda de huerto a vida; y como se mantenían todo el año de diversidad de frutas, verdes y secas, guardadas hasta casi podridas y de pan y de agua sola, porque no bebían vino, ni compraban carne ni cosa de caza muerta por perros o en lazos, o con escopeta o redes, ni las comían, sino que ellos las matasen según el rito de Mahoma, por eso gastaban poco, así en el comer como en el vestir, aunque tenían harto de pagar, de tributos a los señores". Aznár Cardona, II, folio 34.
http://www.materialesdehistoria.org/asco.htm

No es tan inocente el llamarle ‘Berenjena’ al autor del Quijote y como siempre podemos encontrar ambiguas intenciones en Cervantes.

Monday, January 03, 2005

Una pregunta inquietante: ¿dónde está Cervantes?

En 1612, la embajada del duque de Mayenne (el Humena de las Relaciones españolas) llega a la corte de Madrid. La comitiva está formada por doscientas personas de distintos rangos de la nobleza de espada o de oficio. Son muy diferentes, pero algo los une claramente: pertenecen al bando favorable a la alianza con la corona española, algunos son incluso hispanófilos convencidos y hasta, para mejorar su castellano, han contratado un profesor antes de encaminarse en el viaje[1][1].
Uno de los primeros intereses de algunos de estos miembros de la comitiva es visitar al autor de la obra que está de moda en París y que ha sustituido el interés de los Amadís y los Esplandián, de los arcádicos pastores de Lope y de los caballeros abencerrajes y moriscos de Pérez de Hita: don Quichotte se ha convertido en un personaje literario con vida propia y ellos se lucen incluso de haberlo leído en castellano[2][2]. Después de la moda caballeresca española de finales de siglo, del orientalismo, la pastoral y la novela bizantina[3][3], el caballero andante compite con los personajes de la picaresca, que también triunfan en la corte.
En la entrada, los nobles franceses, en su mal español, interrogan a los caballeros que han acudido a recibirlos y que los acompañan por las calles de la villa-corte[4][4]. Parece que estos no comprenden la pregunta o ellos se expresan mal, echando las culpas a los fallos del profesor que escogieron. ¿Dónde está Cervantes?
La búsqueda sorprende a los españoles a los que preguntan, que muestran las maravillas de la ciudad, sus templos y sus conventos sobre todo pero que, naturalmente, se niegan a acompañarlos para visitar a un personaje al que la mayoría no conoce y el resto no saluda por la calle. Al día siguiente, los lacayos de la casa donde están hospedados les indican el barrio donde vive el autor de su amado don Quijote y pueden tratarlo por fin. Se ha trasladado recientemente con su hija Constanza al número 18 de la calle Huertas, frente a las casas del príncipe de Marruecos. La sorpresa por el estado en que encuentran a su autor preferido, un pobre hidalgo cargado de deudas, es mayúscula. ¿Así tratan en España a un autor tan reconocido?

(Para más información, ver la introducción a mi tesis sobre la publicidad monárquica en el doble enlace hispano-francés de 1615).



Sunday, January 02, 2005

Buscando a Cidi Hamete

El ‘Berenjena’ es el personaje que más me atrae del Quijote.
Se trata del ‘verdadero’ autor – arábigo y manchego, ahí es nada - de la historia del caballero andante según nos indica Cervantes.
A descubrir semejante autor llegamos a través de su traductor toledano del arábigo - supongo que para complicar más la cosa.
¿Por qué un escritor en árabe?
Cervantes contesta irónicamente:
“Si a ésta (obra) se le puede poner alguna objeción cerca de su verdad, no podrá ser otra sino haber sido su autor arábigo, siendo muy propio de los de aquella nación ser mentirosos” (II, cap.IX).
El autor es Cide Hamete Benengeli.
Cidi Hamete reclama su autoría en varias ocasiones – en competencia con un también supuesto traductor morisco y con el segundo autor que lleva la historia al romance castellano –
Cidi Hamete duda incluso duda de la verosimilitud de ciertas aventuras de alonso Quijano – ‘más allá de lo razonable’ – o se asombra de otras. Mete cuchara hasta el final y en la segunda parte interviene más que en la primera.
Benengeli reclama sus derechos al final de la historia haciendo hablar a su pluma y exclamando: "Para mí sola nació don Quijote, y yo para él; él supo obrar y yo escribir; solos los dos somos para en uno" (II-LXXIV, 1102).
¿Y quién es el tal Hamete, el Berenjena?
Los eruditos que encuentran la obra, leen ‘Historia de don Quijote de la Mancha, escrita por Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo’. Asimismo, Sancho se asombra de la exactitud de las notas del sabio moro sobre él mismo.
Cide Hamete es el cronista, ‘sabio’ (cap.XV), ‘flor de los historiadores’ (II, cap.LXI), ‘filósofo mahomético’ (II, cap.LIII), ‘puntualísimo escudriñador’ (II, cap.L), ‘curioso (II, cap.XL) y atento’ (cap.XXVII), ‘prudentísimo’, ...
Y también un poco mago la verdad sea dicha (‘encantador’, II, cap.2), mentirosillo (incluso tiene que jurar como cristiano para que lo crean en alguna ocasión, II, cap. XXVII), y del que Cervantes se ríe al ironizar :
“le sucedió lo que Cide Hamete promete de contar con la puntualidad y verdad que suele contar las cosas desta historia, por mínimas que sean” (II, cap.XLVII).
Hamete es un fabulador al que a veces pillamos en grandes contradicciones, señaladas simpáticamente por Cervantes, o termina enfrentado al traductor dando interpretaciones diferentes de la obra porque,
"Como buen moro, era muy pleiteador"
Hamete es el culpable según Cervantes de que no encontremos nunca ‘ese lugar cuyo nombre no quiero acordarme’ con la clara intención, dicha por Hamete/Cervantes, de “dejar que todas las villas y lugares de la Mancha contendiesen entre sí por ahijársele y tenérsele por suyo, como contendieron las siete ciudades de Grecia por Homero” (II, cap.LXXIV). Un liante, en efecto. Y con mucha vista para el turismo cultural.
En definitiva, Hamete es el arquetipo de un moro literario al gusto de la época.
Este personaje nos llevaría a múltiples reflexiones sobre los filtros literarios, los personajes interpuestos, la literatura en la literatura, ... Yo quiero reflexionar sobre la berenjena.
He tratado dos veces a este personaje – con una cierta ingratitud un poco juvenil – al estudiar el paso de ‘algarabía’ (lengua árabe) a algarabía (alboroto callejero).
Se trataba de ver como la lengua árabe era considerada un enorme recipiendario de mentiras, sólo se podía mentir en esta lengua y sólo un moro podía haber escrito una mentira tan gorda como el Quijote.
En la segunda ocasión, me interesó el aspecto berenjénico del asunto (también porque quería realizar un libro sobre las recetas del Quijote, empezando, claro está, por los ‘duelos y quebrantos’, proyecto que fracasó naturalmente).
En el señor Berenjena, autor del Quijote, se trataba de la frontera alimenticia, como constitución de la personalidad de una comunidad. Traté este aspecto de las diferentes dietas al ver las fronteras entre comunidades (‘asco y asquerosidad del morisco según los apologistas cristianos’). Los cinco sentidos estaban atentos frente a la comunidad enemiga, se afilaban las perquisiciones detectivescas para descubrir indicios de maldad en la vida cotidiana, se establecían contrastes en vestido, comida, perfumes o cantos.
La comunidad cristiana se refugiaba en una apología del cerdo y el vino llegando hasta considerar sagrados estos alimentos – en una herética invocación del dogma de la transubstanciación – y constitutivos de la identidad española. No se trataba de la dieta mediterránea, la legumbre y la verdura eran despreciadas por heréticas y propias de moros y judíos.
Hamete era moro porque comía berenjenas. Y esto lo diferenciaba, lo separaba y lo enfrentaba a los cristianos viejos. Por muy señor que fuera.

Apostilla sacada del libro:
Sancho afirma: “me dijo que andaba ya en libros la historia de vuestra merced, con nombre del Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha; y dice que me mientan a mí en ella con mi mesmo nombre de Sancho Panza, y a la señora Dulcinea del Toboso, con otras cosas que pasamos nosotros a solas, que me hice cruces de espantado cómo las pudo saber el historiador que las escribió.
-Yo te aseguro, Sancho -dijo don Quijote-, que debe de ser algún sabio encantador el autor de nuestra historia; que a los tales no se les encubre nada de lo que quieren escribir.
-Y ¡cómo -dijo Sancho- si era sabio y encantador, pues (según dice el bachiller Sansón Carrasco, que así se llama el que dicho tengo) que el autor de la historia se llama Cide Hamete Berenjena!
-Ese nombre es de moro -respondió don Quijote.
-Así será -respondió Sancho-, porque por la mayor parte he oído decir que los moros son amigos de berenjenas.
-Tú debes, Sancho -dijo don Quijote-, errarte en el sobrenombre de ese Cide, que en arábigo quiere decir señor.
(Don Quijote, II, cap.II)

Saturday, January 01, 2005

Dos caballeros frente a frente

Lo tienes crudo, comenzar hablando del Quijote en el año de los fastos y las conmemoraciones, las evocaciones, las remembranzas y hasta las recapitulaciones un poco pedantes de los eruditos.
Sin la imprenta, probablemente no conoceríamos a don Quijote, sin el blog yo no me hubiera atrevido al reto de 365 reflexiones sobre el personaje, su autor y su época.
Hace años pensé enfrentar/confrontar dos mitos literarios. El caballero Perceval que inaugura la época mítica de la literatura de caballerías y el caballero don Quijote que la cierra en cierto modo.
El resultado fue parecido al del proyecto de libro que un día propuse a Esther Tusquets, ‘Perceval por Perceval’. Planes y propósitos ideales que designios más prosaicos convirtieron en recuerdos.
No voy a tratar de Perceval, el caballero, en estos apuntes – quizás alguna vez, de pasada – aunque los textos van a estar escritos por Perceval. Este nombre me ha marcado de nacimiento y da nacimiento a la personalidad del Perceval prosaico que soy (al fin y al cabo, como le sucede al propio Perceval literario en el relato de Chretien de Troyes, al descubrir su nombre).
Espero no caer en los defectos del nuevo género –estoy hablando del blog - , lo personal, sin abandonar lo mejor que aporta, la reflexión personal. No es una contradicción ,es un juego o un equilibrio. Bueno, la licencia literaria es amplia y Cervantes permisivo. Al fin y al cabo, como dice don Quijote:
“Y también se atreverán a decir que es mentirosa la historia de Guarino Mezquino, y la de la demanda del Santo Grial, y que son apócrifos los amores de don Tristán y la reina Iseo, como los de Ginebra y Lanzarote” (cap.XLIX).