Cavilaciones sobre don Quijote

Reflexiones, desde el punto de vista de un historiador de la comunicación, sobre el mundo del Quijote y Cervantes.

Monday, January 17, 2005

El 98 tuvo la culpa

El centenario de 1905 – el anterior – sobrevino en un momento delicado de reflexión nacional y nacionalista.
Es cierto que el gobierno de la regencia borbónica había embarcado al país en una guerra imposible de ganar pero no lo hubiera podido hacer sin una ‘opinión pública’ patriotera y miope.
La derrota, la catástrofe casi entendida como un fenómeno metereológico o divino, trajo un ‘dolerse’ que se ha mitificado como reflexión sobre el ser de España y su decadencia cuando fue en su mayor parte una producción de antitoxinas de consecuencias terribles para la posteridad.
Dentro de ese rumiar, ese fluido de cavilaciones y especulaciones, se insertó el Quijote. Y pobre, le sucedieron cosas al personaje peores que los manteos de la venta.
El caballero había quedado relegado en la reflexión de la burguesía del siglo XIX a un ejemplo de la decadencia española en la época de los Austrias – siguiendo lo que Europa, sobre todo la anglosajona, había determinado como ‘ser español’ en el siglo XVIII –
De pronto, como por encantamiento del mago “Merlino”, nuestro caballero se convierte de un símbolo de la decadencia en un pensador de la misma, en un clarividente que delibera sobre una España que no se encuentra a sí misma (¡qué horror, eso de tener que buscarse!).
De Ramiro de Maeztu a Unamuno, de Ganivet a Ortega, de Costa y Altamira a Azorín, las modulaciones son ricas y variadas en el coro de los grillos.
Las iremos diseccionando pero, la madre del cordero, está ahí.
El regeneracionismo – que implica un cuerpo y para más, enfermo – y el 98, se considere heredero o coetáneo, crítico o compañero de viaje, han cambiado a don Quijote.
Liberémoslo de la cueva de Montesinos.

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