Cavilaciones sobre don Quijote

Reflexiones, desde el punto de vista de un historiador de la comunicación, sobre el mundo del Quijote y Cervantes.

Tuesday, January 18, 2005

Don Quijote y la coronación de Bush

¿Se puede hablar de decadencia americana en 2005?
Probablemente, en el 2105 sí se podrá hablar de decadencia americana y quizás una novela emblemática sea el crisol y reflejo de ese ocaso que, naturalmente, no vemos nosotros por ninguna parte.
El ominipresente imperio tiene apocalípticos atacantes que hablan de su fin – y de todo el de occidente de paso -, por hoy por hoy no se les presta mucha atención.
El idioma inglés – pero, fundamentalmente americano -, la moneda norteamericana – el dólar que tiene a Dios en su redactado -, la cultura entendida en el sentido de lo que se lee, se ve y se escucha – donde los productos norteamericanos desbordan los pequeños porcentajes locales -, la presencia militar permanente o utilizada como amenaza constante...
En la corte de la metrópoli, un lider que se cree con el deber de intervenir en todos los asuntos mundiales y con la conciencia de ejercer una función que le ordena la divinidad.
Cambiando los términos, la situación del imperio español en 1605 era la misma para un europeo y, aun, más monstruosamente presente en ciertos campos como la reforma católica.
¿Hay decadencia?
Hay razones para pensarlo, sobre todo después de la derrota no declarada en Irak.
El desequilibrio entre la fuerza militar disuasoria y la capacidad de la red de comunicaciones está a punto de romper la baraja (es decir, la capacidad de alimentar esa fuerza militar que por razón de la lógica imperial termina siendo la de ‘uno contra todos’).
Es decir, a posteriori, los historiadores podrán unir las ideas arbitristas de Soros, el fundamentalismo islámico, el euro y una novela emblemática para decirnos que el imperio estaba en decadencia.
Pero, en 2005, si esta tarde vamos al cine, y vemos el aviador al que celebraremos oscarizado dentro de unos días, no creo que tengamos una exacta conciencia de que estamos contemplando un imperio en periodo de acoso y derribo.



Monday, January 17, 2005

El 98 tuvo la culpa

El centenario de 1905 – el anterior – sobrevino en un momento delicado de reflexión nacional y nacionalista.
Es cierto que el gobierno de la regencia borbónica había embarcado al país en una guerra imposible de ganar pero no lo hubiera podido hacer sin una ‘opinión pública’ patriotera y miope.
La derrota, la catástrofe casi entendida como un fenómeno metereológico o divino, trajo un ‘dolerse’ que se ha mitificado como reflexión sobre el ser de España y su decadencia cuando fue en su mayor parte una producción de antitoxinas de consecuencias terribles para la posteridad.
Dentro de ese rumiar, ese fluido de cavilaciones y especulaciones, se insertó el Quijote. Y pobre, le sucedieron cosas al personaje peores que los manteos de la venta.
El caballero había quedado relegado en la reflexión de la burguesía del siglo XIX a un ejemplo de la decadencia española en la época de los Austrias – siguiendo lo que Europa, sobre todo la anglosajona, había determinado como ‘ser español’ en el siglo XVIII –
De pronto, como por encantamiento del mago “Merlino”, nuestro caballero se convierte de un símbolo de la decadencia en un pensador de la misma, en un clarividente que delibera sobre una España que no se encuentra a sí misma (¡qué horror, eso de tener que buscarse!).
De Ramiro de Maeztu a Unamuno, de Ganivet a Ortega, de Costa y Altamira a Azorín, las modulaciones son ricas y variadas en el coro de los grillos.
Las iremos diseccionando pero, la madre del cordero, está ahí.
El regeneracionismo – que implica un cuerpo y para más, enfermo – y el 98, se considere heredero o coetáneo, crítico o compañero de viaje, han cambiado a don Quijote.
Liberémoslo de la cueva de Montesinos.

Sunday, January 16, 2005

Fausto se enfrenta a don Quijote

Mi profesor de Formación del Espíritu Nacional era un apasionado de Ramiro de Maeztu, el gran arquitecto de una España que no fue por la cicatería de los ‘caciques’ – él consideraba esto muy progresista – y de los que formaban la antiespaña –estos parece que siguen siendo los mismos para algunos.
-. Es falso que exista un solo y único tipo hispano. Tres grandes prototipos humanos hemos dado al mundo, decía mi profesor, tres tan importantes como Don Juan el pecador, Celestina que representa a todas las mujeres (se reía para sí mismo como si nosotros no lo entendiéramos) y Quijano el soñador, e incluso yo añadiría uno más, Sancho que representa al pueblo llano y claro. ¿Qué han dado los demás? Sólo Hamlet y Fausto, dos pobres tipos llenos de dudas.
Años después, vi que se trataba del libro “El Quijote o el amor”, de Ramiro de Maeztu, con su artículo “Don Quijote, Don Juan y la Celestina” unidos al ser de la hispanidad y confrontados a Hamlet y Fausto.
Hablando el otro día con el profesor José Manuel Jarque - está escribiendo un artículo sobre el mito de Fausto -, me acordé de todas estas comparaciones y confrontaciones. Le recomendé la cita añorante del imperio.
Ramiro de Maeztu escribía como un periodista de principios del siglo XX, es decir, adecuadamente pero con ampulosidad mesetaria que se creía heredera de una prosa imperial a veces meditada pero que suena en muchos casos tan carrinclona como los malos actores de teatro cuando interpretan clásico y que debía ser puesta por ejemplo en el dardo agudo de Grijelmo para ejemplo de periodistas en curso.
Y de Fausto el alemán pasaba a Hamlet, ejemplo nadie sabe como del espíritu británico. Vean un ejemplo de su reflexión:
“La obra sespiriana concentra las energías y las dispone a la acción; la novela cervantina distiende los resortes de nuestra fuerza y nos inclina al reposo. Y así Hamlet, al obrar sobre el público, produce Quijotes, mientras Don Quijote provoca en los espíritus la actitud analítica de Hamlet. Cuando se representó el drama predicador de la impaciencia y de la acción, Inglaterra apenas si existía como fermento de un pueblo futuro. Cuando se publicó la novela alabadora del reposo, España dominaba sobre el mayor imperio de la tierra. El Hamlet es la tragedia de Inglaterra; el Quijote es el libro clásico de España. En torno a las dos obras se ha venido cristalizando el alma de los dos pueblos. Inglaterra ha conquistado un imperio; España ha perdido el suyo”.
A mí, de todas maneras me recuerda muchas de las extrapolaciones del centenario. ¿No tendrá la culpa otro centenario de todos estos males? ¿El de 1905?

Saturday, January 15, 2005

Gracias que están los gabachos

El hispanismo francés es una constante firme y productiva desde finales del siglo XVI a la actualidad.
Beligerante cuando el imperialismo español estaba – o era considerado – opresivo con los ejércitos de Felipe II en París para colocar una infanta en el trono francés; envidioso e imitador en los cincuenta años del apogeo cultural castellano; condescendiente en el momento de la unión dinástica – el peor siglo es el XVIII en este sentido y comienza con Madame D’Aulnoy; inventivo durante el romanticismo – donde una típica parisina se convierte en la Carmen de Merimée – a mí me recuerda aquella copla de “yo soy la Carmen de España y no la de Merimée -; investigador desde la creación de la Casa de Velázquez en Madrid – tesis de Niño que lo disecciona diplomáticamente “Cultura y diplomacia. Los hispanistas franceses y España. 1875-1931” -; salvador durante el periodo franquista – el único aire fresco que se respiraba venía de los hispanistas franceses ahora acompañados de las primeras generaciones anglosajonas de las que volveremos a hablar -; envejecido en los primeros años de la transición – entonces era una joya la presencia de Bernard Vincent – cuando los jóvenes modernistas franceses abandonan el castellano para sumergirse en el inglés y decir bastantes tonterías sobre el periodo, también volveremos sobre ello -; renovado en los años noventa con una nueva generación...
Esta posición actual está muy bien representada en el libro, modesto y terrible, de Jean-Frédéric Schaub, “La Francia Española: las raíces hispanas del absolutismo francés”, en primer lugar destinado al panorama francés para recordar evidencias que se olvidan en una historiografía que durante años se ha centrado ombliguistamente en la corte de Luis XIV, las ceremonias en la corte de Luis XIV, el matrimonio de Luis XIV – a veces, me pregunto ¿con quién? Ya que en ciertos libros no lo dicen – y , aun más ombliculares, los orígenes de la corte de Luis XIV en el propio fluir del subterráneo volkgeist nacional.
Schaub recuerda a los compañeros franceses, de forma indirecta y sin agarrarse al cuello de nadie, que Francia se miraba en España por pura lógica a principios del siglo XVII. Y la mayoría de las veces de manera agresiva al mismo tiempo que inmensamente creativa.
Necesario para los historiadores franceses (que desafortunadamente no leen estas cosas si no son hispanistas).
Pero, los hispanos también tienen mucho que aprender de este trabajo.
Es necesario este cambio de óptica – que Schaub también destaca en su artículo “la monarquía hispana en el sistema europeo de estados” (dentro de la selección de artículos de Ferós-Gelabert) – y que el gurú Chartier remacha en su contribución “la Europa castellana en tiempos del Quijote” dentro de la misma selección.
Cuando se leen los artículos de ocasión realizados estos días – en acumulaciones llenas de genialidades y despropósitos como la organizada por el Mundo cultural -, nos vemos en el despeñadero de los tópicos de la decadencia y de los arquetipos del españolito – sea en versión Sánchez Albornoz o Américo Castro.
Y se comprueba que sigue siendo necesaria la polémica, la discusión y escribir sobre el Quijote y el tiempo de Cervantes.
Afortunadamente, siguen estando los gabachos.

Friday, January 14, 2005

Homenaje al profesor Francisco Rico y al escritor Juan Goytisolo

Con el profesor Francisco Rico me pasa como con el escritor Juan Goytisolo. En ambos casos, hay dos personas diferenciadas; la que me encuentro por las calles de la ciudad en que vivo/vivía – sea París o Sant Cugat – y la persona que, al leer sus libros, comento y con la que discuto en silencio.
Con Juan goytisolo me encontraba hacia finales de los años ochenta del pasado siglo en el camino hacia mi casa desde la Biblioteca Nacional. Yo vivía en la rue Paradis (ahora famosa gracias al señor Ibrahim) y el en la cercana rue Poissonneière. Nos separaban los bulevares.
Juan se encaminaba ciertas tardes hacia sus clases de turco (y los turcos se extendían entre faubourg Sain Antoine y mi calle. El aprendía el idioma en casa de unos albaneses que aun conservaban las obras completas de Enver Hoxa. Nos encaminábamos por el faubourg. Y allí, un día, hablamos de ‘duelos y quebrantos’ de ‘Ricote’, de Benenjeli, del inefable Márquez Villanueva (una tarde en la que dijimos muy pocas cosas más).
En esa calle, me señalaba el cerdo que acompañaba la figura del santo en la hornacina de la entrada. “Ese es el único cerdo cristiano de esta calle”, frase que repitió tomando un te en uno de los cafetuchos del lugar cuando lo reuní con el profesor Miquel Barceló – después de años y en una especie de reconciliación sin pelea bastante extraña, y fugaz por cierto.
Miquel Barceló había dirigido mi tesina y yo había logrado – maravillas del dinero de la universidad francesa que no te concede la española – pagarle en agradecimiento un viaje para integrar, junto con Juan Goytisolo, el tribunal de mi tesis doctoral sobre racismo y xenofobia en el caso de los moriscos españoles.
“¿El único cerdo cristiano de la calle?”, Barceló admitió con la cabeza al chiste – pero nos miró a nosotros dos (probablemente, no se consideraba ‘un puerco cristiano’ tampoco, es una posibilidad)
Y, exceptuando la contingencia de que uno de los tres contertulios lo fuéramos, era verdad que no había más gorrino cristiano en la calle si se fijaba uno en el multiétnico ambiente.
En aquella época tuve en mi apartamento durante meses gran parte de su archivo personal – y el piso tenía unos escasos 40 metros cuadrados con lo que mi mujer y yo vivíamos intensamente rodeados de la obra de Juan Goytisolo – hasta que Gaby se dignó a recoger el tesoro y encaminarlo hacia Almería (donde, por cierto, lo trataron de pena en la época gubernamental de ese personaje que tenía de intelectual el apellido).
Juan Goytisolo estuvo en el tribunal de mi tesis, a Francisco Rico no pude pedirle que ejerciera la misma función en la segunda (no podía superarse el número tres de miembros de la universidad).
En el tribunal de París estuvo el profesor Jean Cannavaggio, biógrafo de Cervantes y en el tribunal de Barcelona estuvo el profesor Guillermo Serés, codirector de la nueva edición Rico del Quijote. De ambos hablaré en próximos capítulos.
He releído con avidez la nueva edición del Quijote y el profesor Rico ha provocado que, en realidad, la haya leído por los bajos (que, a veces son inmensos como enaguas de puesta de largo y que muchas veces desmentían cruda y meridianamente lo que yo había pensado ¡Qué difícil es poner de acuerdo al coro de grillos cervantistas!).
Con el profesor Francisco Rico seguiré conversando (monologando) en estás páginas.



Tuesday, January 11, 2005

En torno a hemorroides y almorranas

Cada palabra es un mundo. Con sus relaciones, sus luchas, y sus múltiples matices. Aunque sin biologizar ni sublimar la cosa ya que hablar de un espíritu general de la lengua nos puede llevar a un peligroso Volkgeist.
Dice Alex Grijelmo, autor del ‘El genio del idioma’ – donde lo atractivo y lo peligroso del tema se unen ‘genialmente - que “el idioma siempre crece de abajo hacia arriba” (Periódico de Catalunya, 11-1-05) y que los anglicismos son impuestos desde ese ‘arriba’ (el del poder mediático, supongo).
La lengua es democrática, el lenguaje es una imposición de las élites. Las palabras van por libre.
Ni don Quijote ni Sancho representan dos grupos sociales sino que son la recreación de Cervantes sobre esos dos grupos. En el siglo de la normalización del castellano – nada democrática, por supuesto -, se comienza a fabular un lenguaje popular que dará al origen al costumbrismo y Cervantes afina la pluma en esa dirección.
La guerra de las palabras llevará a una ‘limpieza’ de los arabismos ya decretada por Nebrija y que reduce exitosamente en porcentaje de intromisiones sustituyendo los términos con neologismos clásico greco-latinos (de arriba hacia abajo).
http://www.maderuelo.com/historia_y_arte/arabismos.html
No hay piedad en esta guerra.
Las palabras van cayendo una tras otra, aunque la resistencia de algunas es memorable. Todavía he visto a un médico callar a una anciana que utilizaba ‘almorrana’, qué vulgar, en vez del culto ‘hemorroides’.
Cobarruvias (1611) ya señala las cuatro almorranas de Nebrija que introducen el término sustitutivo, ‘hemorrhois’, según tengan sangre, no la tengan, sean con resquebrajaduras o de sodomitas.
El diccionario de autoridades la condena definitivamente señalando la frontera del lenguaje de los ‘anatomistas’ que hablan de hemorroides.
La palabra tiene su gracia porque fue utilizada contra los judíos – los cuales estaban condenados a sufrir de almorranas, sangrientas, como castigo divino a sus pecados porque los penaba a sufrir un flujo femenino no periódico sino continuo (de la identificación de judíos y mujeres ya hablaremos en otro momento).
Al morir don Juan de Austria tras una desafortunada intervención quirúrgica en sus almorranas, se decidió oficialmente ocultar la causa de una muerte que sonaba a judía. El caso – al envolver en tanto misterio una cosa tan prosaica - se volvió contra el monarca Felipe II al que se acusó de la muerte de su hermano por razones de estado.
Sea una degradación bajolatina o arabización, la palabra comenzará a ser perseguida por sus connotaciones.
Es un ejemplo de tantos.
La llamada entonces ‘purificación’ del lenguaje, después ‘limpieza’, ambos términos un poco terribles, muestran una directiva clara. La utilización de las palabras no es inocente. Ni la presencia de un término ni su ausencia.

Saturday, January 08, 2005

Decadencia, ¿qué decadencia? Crisis, ¡Qué crisis!

El problema eterno de la eterna decadencia española coarta la mayoría de las reflexiones tanto sobre la figura de don Quijote como sobre la España de Cervantes.
La mitad de los autores que reflexionan sobre la decadencia e independientemente de los magníficos o nulos datos que aporten, parecen sufrir un particular dolor de tripas – él me duele España de un famoso autor –
Trataremos la decadencia para ver que no existía en absoluto y estudiaremos la crisis para ver que Cervantes se encontraba en una sociedad en crisis – como casi todas las sociedades.
Pero, en este caso, una gran crisis porque era la de una estructura imperial que se tambaleaba por grande y por mal gestionada.
Lo que hay que quitarse de la cabeza es que este invento reciente y frágil – esa especie de monstruo que asustaba a la Europa del momento – fuera una esencia eterna cuando no tenía ni cien años en la época de Cervantes.
El imperio español fue un invento joven, dinámico y efímero, fruto de la casualidad conjuntada de una serie de cópulas dinásticas por toda Europa y un descubrimiento atlántico.
En el momento en que Cervantes lo contemplaba – ya discutiremos sobre si se lo creía – estaba en el final de una crisis de crecimiento que explotaría en 1635. Todavía no, no nos adelantemos a los acontecimientos.